Instituto para la Globalización y los Movimientos Sociales, Moscú
Hablar de política democrática globalizada no tiene mucho sentido si la democracia está desapareciendo a nivel nacional. Ningún proceso político democrático global puede desarrollarse sin que esté basado en el cambio democrático serio a niveles nacional y local.
El problema no es la democracia global, sino la falta de medios adecuados para lograr el cambio dentro del marco de la democracia nacional existente. El malestar popular y los disturbios en masa se están volviendo una ocurrencia frecuente, incluso en muchos países democráticos europeos, lo que demuestra que las instituciones existentes no permiten la expresión del descontento y la resolución de problemas. Además, aunque estos problemas estén relacionados con desarrollos globales, las personas los manifiestan como preocupaciones de su nación específica. Solo en el caso de que emerjan nuevos competidores para el poder a nivel nacional existirá una razón de debatir un porvenir para la democracia global.
La democracia a nivel nacional está bastante débil hoy en día, aunque muchos liberales describen los fines del siglo veinte como el momento en el que triunfaron los principios democráticos. En el año 2000, era difícil encontrar algún gobierno en el mundo que no estaba alabando la democracia en su forma abstracta. Se consideraba como evidente que, con la instauración de sistemas electorales multipartidistas y la realización de la libertad de prensa, personas de diferentes países en todo el mundo serían empoderados para controlar su destino.
Sin embargo, en la práctica, lo que ha sucedido es exactamente el contrario. Los gobiernos han aceptado los procedimientos democráticos formales, pero estas instituciones han perdido cada vez más substancia y hoy en día no desafían el poder primordial de las élites corruptas e irresponsables que controlan las sociedades. Incluso en Europa occidental, el gobierno de élites se ha vuelto cada vez más arrogante e irresponsable, denegando al público la capacidad de influencia sobre el proceso de toma de decisiones.
Este deterioro de las instituciones democráticas se expresó muy bien cuando el electorado en la mayoría de los países de la Unión Europea (UE) fue denegado de cualquier oportunidad de votar por el borrador de Constitución Europea. Cuando los referéndums nacionales en Francia y los Países Bajos rechazaron el proyecto, la constitución fue reincorporada en la agenda en la forma del Tratado de Lisboa, que no era sujeto al voto popular en estos países. Y cuando esta nueva versión del documento fue rechazada también en un voto popular por el electorado irlandés, este país fue obligado a repetir el referéndum para conseguir ‘el resultado correcto’ la segunda vez.
Estos problemas con los referéndums y otros procedimientos políticos no son nada menos que el resultado de una erosión mucho más profunda de la democracia en todo el mundo. Esta erosión se está llevando a cabo del Este al Oeste, del Norte al Sur. El derecho a elegir un partido político que tendrá un cargo público se mantiene, pero el derecho a decidir sobre la política ha sido perdido a favor de burocracias que no rinden cuentas. El control se ha desplazado hacia instituciones regionales y globales que están presentadas como una representación justa de las democracias nacionales a nivel internacional. Sin embargo, en la práctica son organismos que no rinden cuentas, que trabajan de cerca y de manera cada vez más autoritaria, con las burocracias nacionales de sus Estados Miembros. Se puede ver en la UE, la OMS, el G20 y en otros sitios.
Muchos intelectuales críticos han descrito la situación con detalle, pero tienden a ofrecer solamente soluciones utópicas o parciales como alternativa. Algunos han abogado por la democracia participativa, que se convirtió en la última moda entre los intelectuales. Desgraciadamente, esta respuesta no es más valida que la propuesta de la sociedad civil global. Con su enfoque sobre el auto-gobierno local, estas iniciativas no tienen ninguna posibilidad de resistir contra y triunfar sobre las presiones de las fuerzas globales que están erosionando la democracia.
Un enfoque anti-político tampoco funcionará. Esto simplemente dejaría el campo de la política en manos de los que están interesados en proteger el estatus quo actual. Lo que se necesita son actores políticos colectivos que son capaces no solo de protestar y decir no, sino también de diseñar y poner en práctica reformas reales.
Estas luchas para la democracia en relación a los problemas globales tienen que enfocarse en la política nacional y en el Estado. La crisis global contemporánea es una buena noticia a este respecto, porque debilita el sistema presente y crea oportunidades de cambio. Esta crisis también revela los límites del poder de los actores corporativos e institucionales globales, mientras demuestra otra vez el papel central del Estado nación como fuente principal de recursos financieros necesarios para encarrilar la economía. Demuestra también cuánto el Estado mismo necesita un cambio. Pero este cambio no sucederá espontáneamente; tampoco hay garantía de que los nuevos competidores para el poder a nivel nacional serán progresistas o democráticos. Los movimientos tienen que mantenerse atentos a estos peligros.